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Capítulo 14: Yogyakarta, el rincón de la aventura en Indonesia

Capítulo 14: Yogyakarta, el rincón de la aventura en Indonesia

Capítulo 14: Yogyakarta, el rincón de la aventura en Indonesia

Hace casi un año vi una fotografía que me impactó mucho. En la imagen, se veía un amanecer espectacular desde un volcán llamado Bromo. ¿Bromo? Sí, Bromo. Nunca había oído hablar de él, pero esta imagen se quedó grabada en mi retina. Nunca había visto una fotografía que captase tan bien las primeras horas del día.

Empecé a organizar mi viaje y Bromo seguía volviendo a mi mente. Tenía que ver este lugar y sacar una foto al amanecer. Descubrí que Mt. Bromo se encontraba en Indonesia. Así que mi búsqueda se centró en este país. Y fue así como di con la cuenta de Instagram de Hugo, y fue él quien me introdujo a este increíble destino del que apenas sabía nada… Sólo que su capital se llamaba Jakarta y que estaba compuesto por muchas islas. Punto.

Gracias a Hugo pude descubrir muchas cosas desconocidas acerca de este país. Y cuanto más sabía de Indonesia, más ganas me entraban de ir. Así que no lo dudé, y decidí incluir este destino en mi viaje por el mundo.

No disponía de muchos días para conocer todas las maravillas naturales que ofrece Indonesia, así que tuve que eliminar y elegir.

Y escogí ir a Yogyakarta y Bali. La segunda porque es un destino conocido y me apetecía descansar unos días.

Pero Yogyakarta fue más bien por una corazonada. No sé por qué, pero en cuanto leí el nombre supe que me iba a gustar este sitio… y no me equivoqué.

Lo que no esperaba era que me gustase tanto.

Puedo decirte con certeza, que es lo más bonito que he visto en este viaje, y he visto unas cuantas maravillas del mundo (oficiales y extraoficiales).

Borobudur sunrise
Amanece en Borobudur/Dawn in Borobudur

Yogyakarta no deja de ser otra ciudad caótica, pero es salir del núcleo y encontrarte con un paraíso para el aventurero. En Yogyakarta me atreví a hacer lo que no había hecho hasta ahora: Descendí haciendo rapel a una cueva, me aventuré en un Jeep 4×4 por los lomos de un volcán, me desperté a las 3:00AM para ver el amanecer más bonito que he presenciado hasta la fecha en mi vida.

Me he enamorado de Yogyakarta y sus gentes. Y sé, con certeza, que voy a volver algún día. Tengo varias cuentas pendientes con Indonesia.

Hay tantas cosas que quiero compartirte en este post, las ideas retumban en mi mente, y no sé por dónde empezar porque todas quieren salir al mismo tiempo.

Vamos por partes. A ver qué me sale.

¿Sabías que Indonesia tiene la población musulmana más grande del mundo? Con más de 250 millones de habitantes es el cuarto país más poblado y, de ellos, casi el 90% de la población profesa el Islam.

Durante mi primer día, decidí salir a dar un paseo por la ciudad y mi GPS no funcionaba, así que me perdí muchas veces. La diferencia entre Yogyakarta y Bali, de la que hablaré en otro post, es que esta ciudad aún no ha sido contaminada por el «virus» del turista, y la gente es humilde, no quiere nada a cambio y te muestra su cara más amable.

Después de haber visitado la India, Nepal, Tailandia, etc. Lugares en los que de «asaltan» por la calle con… Compra esto, compra lo otro, necesitas tal, necesitas cual…. Fue un bálsamo ver que las sonrisas que me regalaban eran, realmente, gratuitas y honestas. No querían ni esperaban nada de mí. Sólo hablar y compartir un rato juntos.

Al principio mostré un poco de recelo, hasta que me di cuenta de que la gente en Yogyakarta es realmente amable por naturaleza.

Como te digo, me perdí en unas cuantas ocasiones y fueron varias las personas que me ayudaron a llegar a mi destino. Gente local que, a pesar de no hablar inglés, quiso ayudarme como pudo.

Taman Sari Yogyakarta
Taman Sari, Yogyakarta

En una de las ocasiones que me perdí buscando el Castillo de Agua (Taman Sari), llegué a zona completamente residencial. Un laberinto de calles, en donde pude ver ropa tendida, gente cocinando la comida, personas conversando y fumando tranquilamente… Me estaba mareando por el calor y por el estrés que me generaba no saber dónde me encontraba, hasta que llegué a una casita que hacía esquina.

En su exterior, había una señora que rondaba los 90 años y que tenía unos ocho botellines de agua que estaba vendiendo por 4,000 rupias (unos cuantos céntimos) cada una. La miré y le hice gesto de UNO. Me sonrió y me devolvió un gesto para que esperase. Se fue al interior de la vivienda, y volvió a los pocos instantes con un taburete y una botella fría para mí.

Ella no hablaba inglés y yo sólo sabía decir Terima Kasih (Gracias) en indonesio. Me hizo un gesto para que me sentase; supongo que porque vio mi sudor en la frente y la cara de angustia que debía de tener. Me senté, no tanto porque lo necesitase sino porque agradecí su detalle.

Nos miramos sin decir palabra. Gesticulamos varias veces para poder comunicarnos y ella sólo sonreía. No dejó de sonreír en ningún instante.

Y entonces vino una imagen a mi mente. Esta señora era, con toda certeza, musulmana. Y en ese momento sólo deseé que no tuviera televisor o que no viera lo que se mostraba en las noticias acerca de la fe que profesaba.

Pensé en ella toda la tarde. Estaba molesta. Estaba enfadada con los medios de comunicación. Con la información sesgada que transmiten.

A lo largo de los próximos días conocí a más personas, todas ellas musulmanas también, y sólo me ofrecieron todo lo que tenían, que no era mucho porque Yogyakarta no es precisamente la Suecia de Asia, pero era lo que tenían. A veces sólo era un abrazo, otra veces una sonrisa, en otra ocasión media hora de juego mientras mi conductor de Jeep rezaba en la mezquita de al lado…

Jamás olvidaré es rato que me regalaron Kristan, Rafi y Eni. Terima Kasih.

Kristan, Eni & Rafi
Kristan, Eni & Rafi

Yogyakarta me ha enseñado una cara del Islam que no había experimentado. Que imaginaba sí, por supuesto, pero vivirlo es muy diferente a imaginarlo.

Por ello, Terima Kasih Yogyakarta. Volveré. No te contamines con el «virus» del turista, por favor.

En busca de mi aventura

Este ladillo va con segundas… pero aún no puedo decir nada al respecto, así que tendrás que esperar unas semanas. Entonces entenderás el porqué de este título.

Hasta ahora me he centrado mucho en las religiones, ya que éste ha sido el foco central de mi viaje, pero el cuerpo también me pedía un poco de aventura y Yogyakarta me ha proporcionado momentos en los que he soltado una gran dosis de adrenalina.

La primera fue cuando me desperté a las 3:00AM para ir a ver amanecer desde el templo de Borobudur. A pesar de las 200 personas que había en este templo budista, el más grande del mundo, pude aislar a todo ese gentío y sentir que tenía todo el espacio para mí sola. Fue tan emocionante ver cómo la oscuridad iba tornándose en una luz rosácea, poco a poco, hasta amanecer completamente. Es de las cosas más bonitas que he visto en mi vida.

Templo Borobudur Temple
Templo Borobudur Temple

La segunda fue cuando fui en Jeep a ver el volcán Merapi, el más activo y peligroso de Indonesia. No lo llegué a ver porque estaba cubierto y tampoco pude ver Bromo, pero recorrer los lomos del volcán en un Jeep 4×4 y mojarme hasta las cejas cada vez que atravesábamos un río a toda velocidad, fue una de las mejores formas de soltar la energía que llevaba acumulada. Me lo pasé tan, pero tan bien…

Y la tercera, cuando descendí a la cueva de Jomblang haciendo rapel y tras caminar durante unos 20 minutos en plena oscuridad, únicamente guiados por la linterna que llevaba el guía unos metros más delante, me encontré con esto:

Jomblang Cave
Cueva Jomblang Cave

Después de esto no me queda más que añadir, salvo reiterar que Yogyakarta ha tocado muchas fibras en mi interior y que espero volver algún día.

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